Recuerdo que una vez se me metió en la cabeza una idea loca de desnudar a una muñeca Paola. Esas muñecas eran del tamaño de un niño de cinco años. Yo tenía más o menos 5 o 6 años. Sería el año 1980 ó 1981.
Yo estaba de visita en casa de mi tía Beatriz y mis primos, Marlon y Lorena. La muñeca, por supuesto, era de Lorena (de Lopo Repe Napa). Una casa llena de aventuras. Era enorme, de techos increíblemente altos, lámparas elegantes. Sofás elegantes, decoración interesante. Todo en esa casa era llamativo a los sentidos. Los juguetes también.
Así que ese día de visita decidí tomar a la muñeca Paola fuera de su estante y empecé a jugar con ella. Raquel nunca opinó nada al respecto a pesar de que era ella quien supervisaba mis juegos. Evidentemente me veía jugar con Paola pero nunca dijo nada que descalificara mis juegos con ella.
Ese día en particular, decidí llevar a Paola al último cuarto de la casa. Al que se llegaba cruzando la casa entera y atravesando un cuarto de piso en madera crujiente. Si, recuerdo que esa era mi señal. El crujir de las tablas rojas de tanta cera. Así sabría que alguien venía.
Jugué con ella por un momento mientras observaba, en el otro extremo de la casa casi a la entrada, a Raquel que tejía algo. No recuerdo qué era. Pero era de color morado. Como las uvas que ella congelaba para después dármelas. El frío intenso en la lengua de una uva congelada me hacía reír. Ya que ella se destornillaba de la risa al verme luchar con la uva congelada en mi boca. También congelaba bananos. Y hacía helados de sabores. Los de coco eran deliciosos.
Seguían mis juegos con Paola y mis miradas afanadas por asegurarme de que nadie viniera hacia el cuarto en el que yo estaba. Cuando me sentí seguro de que nadie vendría, le bajé los calzones a la muñeca y me quité la ropa. Un niño de cinco años y una muñeca Paola estaban desnudos en el último cuarto de una casona enorme con la abuela Raquel tejiendo.
Esa era la escena, y para sentirme aún más seguro de que nadie me descubriría, decidí meterme bajo la cama con la muñeca sin calzones. Empecé a jugar con ella de forma sexual. La besé, la toqué y puse mi pequeño pene entre sus piernas.
Lo recuerdo todo como si hubiera sucedido ayer y también recuerdo que me quedé dormido en plena faena. Debí haber sabido que la capacidad de adormecimiento de un niño es increíblemente sensible ante su posición física y como estaba recostado sobre el suelo, en una casa relativamente fresca de una ciudad con clima caliente, pues el estupor me venció y caí en manos de Morfeo. Quien muy seguramente estaba cagado de la risa al ver lo que estaba a punto de suceder.
Mi abuela Raquel se extrañó por el silencio que reinaba en el cuarto que se suponía yo estaba jugando y decidió dar un vistazo y asegurarse de que todo estaba bien. Por supuesto después de buscar por todos lados miró bajo la cama y encontró a su pequeño nieto con una muñeca Paola ambos en pelotas.
Yo estaba totalmente dormido. Ella tomó la muñeca y en el momento en el que la sacó de mis brazos yo empecé a despertarme. Cuando miré hacia fuera de la cama, vi los pies de mi abuela con sus zapatos negros de tejido dorado en la parte superior. Me habían agarrado con las manos en la masa o mejor, literalmente, con los calzones abajo.
Saqué mi pequeña cabeza y ella me miró y dijo: “súbase a la cama que ahí le va a dar frío”. No discutió el tema. Mientras vestía a la muñeca, me tomó de la mano y me llevó a la cocina, me preparó una taza de chocolate y me dio una arepa.
Como de costumbre me besó hasta el cansancio y me consintió. El tema se olvidó entre nuestras conversaciones de niño y anciana. Pero en mi mente nunca se borra esa memoria. Raquel es una santa.
Mi vida a su lado siempre era feliz. Verla fumar sus cigarrillos mientras tomaba chocolate y veía novelas. O tal vez, verla contar las piedritas negras de su rosario. O salir en pijama de su baño privado. Nadie podía entrar a ese baño. Yo tuve ese privilegio un par de veces. Olía distinto. Olía a limpio. Olía a ella.
Después de muchos años de felicidad a su lado, mi mente fue creciendo y con ella mi cuerpo. Ya era evidente quién sería yo. Criado y educado sólo por mujeres no era de extrañarse por qué era muy “mariquita”.
En el colegio todo era una tortura. Las burlas, los golpes, los abusos, las humillaciones y las malas calificaciones por ser lo que era. Todo empezó a salirse de control cuando cumplí 14 años.
De especial atractivo, mi cara sobresalía entre la mayoría. Le llamé la atención a más de uno en el colegio. Y no solamente compañeros. Dos profesores siempre querían ayudarme a superar mis miedos con clases “privadas”.
Cuando todo se hizo insoportable decidí irme de casa y también abandonar la ciudad. Me fui a Bogotá y jamás regresé más que de visita o vacaciones. Los años pasaron y la distancia empezó a enfriar mi relación con Raquel.
Mis llamadas no eran constantes, pero su memoria sí. Hasta hace unos años que ya no me reconoció cuando la visité. Ahí supe que Raquel ya se había ido. Lloré su partida, sin que nadie se diera cuenta. Recriminé mi distanciamiento. Perdí muchos años que pude pasar a su lado. Pero la vida me reclamaba atención en esa época y no podía dejar de lado lo que tenía que vivir.
Mi suerte me bendijo y en un tiempo me fue muy bien y así pude volver a verla. La traje a Bogotá, cuando Raquel todavía tenía lucidez, mi vieja tenía más o menos 80 años. Era una viejita alegre y sonriente. Agradecida con la vida supongo. Llena de buenas anécdotas. Cuentos de sus memorias antiguas que contaba como si hubieran sido ayer.
Historias que sólo ella conoció y que jamás nadie escribió. Un pequeño libro de tapa elegante y fina que no vio la luz. Un compilado de letras fuertes e interesantes que nunca fueron contadas. Raquel nunca vio la vida en su plenitud, no conoció el mundo en su grandeza. Sólo vio lo que su cuerpo y sus medios le permitieron. Dos ciudades, tal vez tres de un mismo país del que jamás quiso irse.
La llené de atenciones cuando vino a mi casa en Bogotá. La adoré de nuevo, recibí sus besos de nuevo, sus sonrisas, sus consentimientos. Fue la mejor navidad y el mejor fin de año que jamás he vivido porque los pasé con ella y con mi familia, después de muchos años de estar separados. Ahora nos reuníamos en mí casa. En mí espacio, en mí vida. Fue un sentimiento de paz que sólo ella logró darme de nuevo. Era como estar otra vez dormido en su cama y convencido de su paz. Me sentí otra vez en casa.
Viajé por el mundo y siempre deseé llevarla conmigo, pero nunca pude hacerlo. Deseé llevarla a conocer el mar, a conocer París. A ver a Mickey Mouse. Pero no lo logré. A veces los deseos superan nuestras realidades. Y llegan las frustraciones y las amarguras. Pero de algo siempre estamos convencidos, nunca podemos dejar de luchar. Y Raquel es la viva estampa de la vida misma. No deja de luchar, siempre está dispuesta a despertar a un nuevo día. No deja de sorprenderme su enorme fortaleza física, su determinación por no ceder el triunfo en la batalla a la muerte.
Por permanecer inmutable con sus rostro al sol y su vida en el bolsillo. Su memoria en una pequeña caja y su herencia en un brillante anillo. Esa es Raquel ahora. Una viejita extraña en su mente. Libre de sus pecados, libre de sus frustraciones, libre de sus desamores. Libre para volar. Pero ¿Qué espera?
Raquel sigue empeñada en permanecer con nosotros. Sigue fuerte y con su estandarte en alto luchando por su nombre y por su vientre. Una de sus hijas ya se fue, partió a encontrarse con su padre, con el esposo que dejó a Raquel con sus hijas en Cali y regresó a su pueblo para seguir su lucha solo, separado de su mujer y ella separada de su hombre.
Solos estuvieron por el resto de sus vidas, desde su separación, el uno en soledad y la otra con sus hijas. Un mismo país, demasiada tierra de por medio y mucha soledad acumulada. Muchos secretos guardados. Muchas memorias protegidas por una mente prudente que nunca conoció el chisme ni la habladuría. El cotilleo no era su fuerte. La soledad sí. Su fuerte fue el silencio y su bandera el orgullo. Así se mantuvo y así se va a ir.
Un gran homenaje habrá de escribirse en su honor. Un gran dolor se sentirá por su partida. Ha visto partir a todos a su alrededor, es la única que sobrevive a su familia. Su hermana ya hace muchos años murió dejándola sola, sin la mano de carne propia que compartió su niñez y su adolescencia.
Su mejor amiga ya cegó al sueño eterno y de sus recuerdos queda todo lo que juntas vivieron. Una de sus hijas también dijo adiós, un nieto también partió y Raquel continúa siendo testigo inamovible de esta vida que no se detiene y este amor que no se acaba por un alma tan apasionada que no produce más que dolor de ver que con tanta fuerza se aferra a su cuerpo que ya le falla, y a su mente que por más que busca nunca la va a encontrar.
Te amo Raquel, con toda mi alma y mi corazón. Te amo.

La verdad hermanito mas orgullosa de ti no puedo estar realmente admiro lo que haces y lo que eres…. te amo
Por: Tatiana el 15 Junio 2009
a las 4:35 PM
Muñeca hermosa… yo también te amo con todo mi corazón Tatis. Gracias por sentir orgullo por mi. Quiero que sepas, que ese orgullo es mi fuerza. Porque entonces ahora sé que no doy vergüenza. Que puedo ser un ejemplo para alguien. Que hay alguien que no me juzga demasiado fuerte y perdona lo que soy y represento. Te amo. Gracias por ser la mujer en la que te has convertido. Guarda por favor tu templanza y mantente libre. Procura no cometer los errores que tus hermanos mayores hemos cometido. Guarda la tranquilidad de una vida sosegada para que no tengas que vivir las penas que Erika y yo hemos vivido. Mantente así. Como estás.
Por: Mauricio Villamil Betancourt el 15 Junio 2009
a las 4:52 PM