Había una vez, en un país muy, muy lejano, en una zona geográfica del planeta muy, muy conveniente, tres cerdos que reinaban el territorio a su antojo y capricho.
Siempre estaban sentados a la mesa cenando suculentos platos en su enorme palacio Real, disfrutando de la vida a todo dar. Religión, Guerra y Política llevaban por nombre y ministerio, ¿quién los nombró así? para todos era un misterio. Pero ante ellos no se decía nada, porque tenían sin siquiera merecer en su poder, todo el día, la espada de la libertad desde la noche hasta el amanecer.
Cientos de sirvientes atendian sus órdenes y exigencias. Un movimiento de sus pezuñas era suficiente para que una docena de sirvientes estuvieran listos a atender, a estos tres cerdos casi imposibles de complacer.
Mantenían sus barrigas llenas, lanzaban grandes carcajadas, conversaban y brindaban con sus copas de oro llenas del mejor vino del Reino de Java.
Se atiborraban de grandes manjares y platos criollos, que eran sus preferidos, daban alaridos salvajes de satisfacción o pequeños murmullos socarrones cuando planeaban alguna maldad en contra de sus empleados y seguidores.
Política es el mayor, el que ante todos habría de hablar, el que llevara la riendas del Reino y el que las leyes habría de aprobar. Pero debería siempre atender y consultar con sus hermanos también, para así compartir el poder y no tener terreno que ceder.
Religión se ocupaba de la moral del pueblo, de su corazón, ánimo y voluntad y a quien profería algún improperio de la villa se le habría de expulsar. Así que el pueblo sólo obedecía, a las reglas políticas y morales establecidas, porque en la mente se sabía que no habría, mejores formas para sus vidas envejecidas.
Guerra se llevó el tercer puesto, el que aparentaba poca importancia, pero dentro de su poca sabiduría y gracia explicó muy bien su comandancia, organizó a sus hermanos en el poder y al pueblo obligo a hacer su deber. Esgrimió la espada de la libertad en alto mientras Religión se declaraba santo. Y todo esto ante los ojos del pueblo sucedía y !Oh tragedia! la que en sus mentes acontecía.
El personal cansado de aguantar, empezó a correr la voz de que los Reyes se habían extraviado en sus mentes y algo se debía hacer con premura !Por Dios! porque era urgente.
Y aquí empezó el drama en un relato medieval, de una historia que yo les voy a relatar:
Se miraban los cerdos, uno, dos y tres, antes de empezar a devorar su comida otra vez. No concentraban sus energía en algo distinto a su propio bien, no satisfacía sus ansias nada menos que el banquete de cada mes.
Y a pesar de todo, los tres hermanos cerdos estaban concientes de los abusos y de los entuertos, de los rumores de descontento que hervian en las calles pantanosas del mercado central, en donde todo el mundo, cansado, sucio y apretado, se sentaba a cenar.
Una noche, el cerdo mayor, de voz ronca y papada colgante, ojos penetrantes y vocabulario ágil, observaba con un antíguo monocular, al pueblo en la plaza cansado de trabajar. Y a su mente una idea llegó sin avisar, y preocupose por el plan, a sus hermanos a la sala privada Real hubo de llevar.
“Una reunión secreta”, susurraban los pasillos del Palacio, todos los súbditos se enteraron, de que los cerdos en la Sala Real se habían encerrado.
Como ya lo dije, por su mente no pasaba más que su propia satisfacción, y la seguridad ciega de tener siempre a su pueblo libre de cualquier deseo de traición. Así que cansados de tanto holgazanear idearon un plan para ir de caza, tomaron víveres, vino y espada y al campo adentro preparaban la mudanza.
Pero preocupado por el qué dirán, el cerdo mayor analizó la situación y llegó a la conclusión de que al pueblo se debía controlar, con un poco de estrategia de su hermano militar.
El cerdo menor, de conocimiento marcial, sacó su trompa de la sopa al oir su nombre pronunciar. De ojos tímidos y desconcertados, observó a sus otros dos hermanos en el otro extremo de la sala con voz baja conversar.
-¿De quién hablais?- Dijo el cerdo menor
-De ti, ¿De quién más?-
-¿Y por qué ante tanta voluntad, al doliente no le has hecho participar?-
Y dejóse el plato a media faena y avanzó el paso alejándose de la cena, se acercó a sus hermanos y después de oir con atención recitó una frase como si fuera una canción:
-Y nuestro plan ¿Si va a funcionar?-
Y al unísono los otros dos hermanos replicaron
-Con tu fuerza y estrategia nada va a fallar-
Salió Guerra al balcón Real y pronunció las siguientes frases del Juicio Final:
-Habrá Guerra con el vecino caponal y a el habrá que llegar, antes de que destroce nuestro reino y ya no quede más que un pantanal-
El pueblo al oir lo ocurrido corrió a sus casas, despavorido. Tomaron palos, hachas y machetes, prendieron antorchas y cosieron ribetes, gritaron URRAS para calentar los ánimos, alabaron a Dios y corrieron hábidos. Cruzaron campos y llegaron al monte ahí se perdió su resonante orbe.
Desencajados de la risa quedaron los cerdos, tomaron el picnic, se hicieron a la alisa. Bebieron bajo el sol, jugaron cartas, corrieron por los campos, de fresas hicieron tartas. Cansados se tumbaron en el pasto, hablaron más, rieron más y observaron el campo vasto. Los venció el estupor y durmieron profundos, sin que nada pudiera perturbar sus aburridos mundos.
Mientras tanto el rey vecino, de honor puro y carácter fino, calmó a la horda, explicó lo acontecido. Envió de vuelta a la multitud a su reino…
-Descansad, dormid, que habéis de tener sueño, y decidles a los cerdos que no son vuestros dueños-
Estas palabras se grabaron en la mente del orbe, que regresó pálido, absorto, frío, insomne. No hubo triunfo, no hubo derrota, solo hubo una voz que gritó:
-Esta fue la última gota-
Se levantaron los machetes, se enfurecieron los rostros, corrieron los cuerpos tal corren los potros, por lo campos cruzaron encabritados, sin freno iban a por los verdes deshabitados.
Llegaron al reino y buscaron a los cerdos, que por ningún lado avistaban sus grasosos cuerpos. Pero una niña de graciosa figura, gritó desde un árbol…
-Están en la hendidura-
Corrieron todos hasta el lugar, donde encontraron a los cerdos hebrios hasta no dar. Sus cabezas reposaban sobre piedras y sus cuerpos desparramados cobijados con hiedras, eran la imagen viva de lo que no debe de Gobernar. Un machete se elevó en el aire y una voz dijo:
-Esperad, señor Bonaire, ahí está la espada de la Libertad, mejor epifanía no tendría semejante potestad-
Tomaron la espada y blandió sobre la carne, volaron cabezas no hubo sangre. Y desde entonces el reino vivió tranquilo, hubo justicia popular, no hubo ruido.
Crecieron la libertad y la justicia y se hizo civil toda la milicia. Este reino incrustado en un país mezquino, era ahora libre para elegir su destino.
Por todo esto, y mucho más, si a un pueblo haz de Gobernar, por su vida, dignidad y moral habrás de velar y su trabajo y alimento tendrás que cuidar, de lo contrario en un gancho de carnicero habrás de acabar.
jejejejejeje